lunes, 2 de enero de 2012

Valle del Riato. Berzosa del Lozoya. Madrid. 27-12-2011 // 1300 m






Visitamos los confines madrileños del conjunto montañoso Somosierra - Ayllón, donde el Sistema Central remata su extremo oriental. La zona está constituida por un conjunto de abruptas alineaciones montañosas orientadas muy a menudo en dirección norte-sur que son el resultado de uno de los accidentes geológicos más interesantes de esta parte de la península: la Falla de Berzosa. Esta costura que atraviesa la sierra de parte a parte separa litologías bien distintas, y en consecuencia diferentes modelados del relieve cuyo resultado final son los característicos paisajes locales, tan diferentes a los del resto de la sierra madrileña. Si al oeste de la falla el roquedo está compuesto por esquistos, neises y granitos al este, donde nos encontramos, predominan cuarcitas y pizarras (foto 1) que se disponen en bandas determinando irregulares orografías con vivos resaltes cuarcíticos (foto 2).





El monte está presidido por interminables repoblaciones de pinos de diversas especies: resineros (P. pinaster), negrales (P. nigra) y albares (P. sylvestris), nítidamente delimitadas por monótonos matorrales de jara pringosa (Cistus ladanifer) y estepa (Cistus laurifolius) que a veces conviven con cantuesos (Lavandula pedunculata), torviscos (Daphne gnidium) y, cuando el suelo es algo más profundo y más fresco, rosales como Rosa micrantha y Rosa corymbifera; además cuando el sustrato es de pizarra también aparece romero (Rosmarinus officinalis) que por aquí aun no florece. 
Los cauces que atraviesan estas laderas se enriquecen con un grupo de plantas ribereñas entre las que se reconocen: brezo blanco (Erica arborea, Sarga negra (Salix atrocinerea), majuelo (Crataegus monogyna) y algún arce de Montpellier (Acer monspessulanum). El rastro que estas alineaciones marcan en el paisaje se hace bien evidente también en esta época del año cuando los sotillos que forman han perdido la mayor parte de sus hojas (foto 3).




A pesar de la pobreza del sustrato es estimulante constatar el vigor de la vegetación, por ejemplo en las cicatrices que los cortafuegos dejan en el monte cuyo espacio, en apariencia estéril, se ve inmediatamente envuelto en una dinámica de recolonización vegetal del espacio perdido (foto 4). Si el cortafuegos no se mantiene con el esfuerzo humano el suelo se cubrirá la próxima primavera de un herbazal que con el transcurso de los años se irá salpicando de jaras. En poco tiempo el jaral se habrá vuelto a adueñar de lo ahora descarnado e incluso algún enebro comenzará a sobresalir aquí y allá.




Estos jarales tan esquivos a lo forestal y que se perpetúan durante décadas al amparo del pobre sustrato rocoso, sin embargo admiten algunos pinos jóvenes que colonizan los espacios contiguos a las repoblaciones (foto 5). Se trata principalmente de pinos resineros, pero también de algún albar que delatan con su espontánea presencia su viabilidad a largo plazo.




El invierno en estas sierras debe ser duro: las yemas de las sargas negras que suelen florecer en enero casi no han engordado y las semillas de las herbáceas que han germinado este otoño apenas han desarrollado algo más que los cotiledones o las hojas inmediatamente posteriores (foto 6).




Con poco más de nueve horas de luz para poder alimentarse y las bajas temperaturas nocturnas que se registran en la zona en esta época del año resulta sorprendente la presencia de una cierta variedad de aves de metabolismo admirable cuyo peso en ocasiones sobrepasa escasamente los 10 gramos. Es cierto que la cantidades de aves no son en absoluto numerosas si las comparamos con las que viven unos kilómetros al sur, por ejemplo en el valle del Jarama, pero sí son significativas y merece la pena tenerlas en cuenta. Destacan entre las observaciones un grupo de 20 perdices rojas (Alectoris rufa) y densidades interesantes de algunos pájaros de matorral como el acentor común (Prunella modularis) (1,4 aves/ha), el mirlo (Turdus merula) (1,4 aves/ha), la curruca rabilarga (Sylvia undata) (0,7 aves/ha) y el escribano montesino (Emberiza cia) (1,1 aves/ha). Todas ellas se registran en un recorrido en el que se prospectan 5,5 hectáreas de jaral con algún seto intercalado que es donde se detectan los mayores aquerenciamientos. El listado de aves que detectamos a lo largo de la mañana es el siguiente:
Buitre leonado
Ratonero
Perdiz
Pito real
Totovía
Chochín
Acentor común
Petirrojo
Mirlo común
Zorzal charlo
Curruca rabilarga
Mosquitero común
Reyezuelo listado
Herrerillo capuchino 
Carbonero garrapinos
Herrerillo común
Agateador común
Alcaudón real
Arrendajo
Cuervo
Pinzón vulgar
Verdecillo
Verderón común
Jilguero
Lúgano
Pardillo común
Escribano montesino





3 comentarios:

Miguel dijo...

Me alegro mucho de que hayas retomado la actividad del blog, que me encanta.

Un saludo compostelano.

Javier dijo...

Muy amable, Miguel. Debería ser más diligente y escribir algo de cada salida al campo que hago, lo que pasa es que lleva su tiempo y cuesta encontrar el momento.

Miguel Vazquez dijo...

Esos jarales fueron cultivares de centeno hasta que en 1948 se hicieron las siembras del Riato, algo anteriores a las de Puebla. En 1998, la Consejería de MedioAmbiente hizo una mecanización del terreno en los términos de Berzosa-Robledillo-Cervera, y puso encina y roble cada 4 metros en fajas hechas con pala de 4 m. de ancho. No lo vallaron ni regaron y ahora quedan las jaras inundando las calles. Una nefasta inversión. Con los años, participé en el inventario a escala montes de este singular valle. La denuncia del ancho de pala en las repoblaciones nunca prosperó.
Un saludo.